viernes, 30 de noviembre de 2007

Papá escucha...

ESTO POSIBLEMENTE TU HIJO TE LO QUIERE DECIR PERO NO SE ATREVE



• No me des todo lo que te pida. A veces yo sólo pido para ver hasta cuánto puedo obtener

• No me des siempre órdenes. Si en vez de órdenes a veces me pidieras las cosas yo lo haría más rápido y con mejor disposici6n.

• No cambies de opinión tan a menudo sobre lo que debo hacer. Decídete y mantén esa decisión

• Cumple las promesas, buenas o malas. Si me prometes un permiso, dámelo pero también si es un castigo.

• No me compares con nadie, especialmente con mi hermano o hermana. Si tú me haces lucir mejor que los demás alguien va a sufrir, y si me hacer lucir peor que los demás, entonces seré yo quien sufra.

• No me corrijas mis faltas delante de otros. Enséñame a mejorar cuando estemos solos.

• No me grites. Te respeto menos cuando lo haces y me enseñas a gritar a mí también, yo no quiero hacerlo.

• Deja valerme por mí mismo. Si tú haces todo por mí, yo nunca podré aprender.

• No digas mentiras delante de mí, ni me pidas que las diga por ti aunque sea para sacarte de un apuro. Me haces sentir mal y perder la fe en lo que dices.

• Cuando yo hago algo malo no me exijas que te diga el “por que" lo hice. A veces ni yo mismo lo sé.

• Cuando estés equivocado en algo, admítelo y crecerá la opinión que yo tengo de ti. Y me enseñas a admitir mis equivocaciones también.

• Trátame con la misma cordialidad y amabilidad con que tratas a tus amigos, ya que por ser familia, no quiere decir que no podamos ser amigos también.

• No me digas que haga una cosa y tú no la haces. Yo aprenderé y haré siempre lo que tú hagas, aunque no lo digas, pero nunca lo que tú digas y no hagas.

• Enséñame a amar y valorar la Vida. No me importa si en el Colegio me quieren enseñar, porque de nada vale si yo veo que ustedes no la valoran.

• Cuando te cuente un problema mío no me digas: “No tengo tiempo para tus tonteras”, o “eso no tiene importancia”. Trata de comprenderme y ayudarme.

• Y quiéreme mucho y no temas en decírmelo. A mí me gusta oírtelo decir, aunque tú no creas necesario decírmelo.


Tu hijo

Para antes que tus hijos crezcan

Hay un período en el que nuestros hijos crecen independientemente de nosotros,
como árboles murmurantes y pájaros imprudentes.
Crecen sin pedir permiso a la vida, con una estridencia alegre y a veces,
con alardeada arrogancia.
Pero NO crecen todos los días; crecen de repente.
Un día, se sientan cerca de vos y con increíble naturalidad, te dicen cualquier cosa que te indica que esa criatura, hasta ayer en pañales y pasitos temblorosos e inseguros..., creció.
¿Cuándo creció que no lo percibiste?
¿Dónde quedaron las fiestas infantiles, los juegos en la arena, los cumpleaños con payasos?
Crecieron en un ritual de obediencia orgánica y desobediencia civil.
Ahora estás ahí, en la puerta de la disco, esperando ansioso, no sólo que no crezca,
sino que aparezca...
Allí están muchos padres al volante, esperando que salgan zumbando sobre patines, con sus pelos largos y sueltos.
Y allí están nuestros hijos, entre hamburguesas y gaseosas; en las esquinas, con el uniforme de su generación y sus incómodas mochilas en la espalda.
Y aquí estamos nosotros, con el pelo cano...
Y son nuestros hijos; los que amamos a pesar de los golpes de los vientos, de las escasas cosechas de paz, de las malas noticias y las dictaduras de las horas.
Ellos crecieron observando y aprendiendo con nuestros errores y nuestros aciertos; principalmente con los errores que esperamos no repitan...
Hay un período en que los padres ya no los buscamos en las puertas de las discotecas y los cines.
Pasó el tiempo del piano, el fútbol, el ballet, la natación....
Salieron del asiento de atrás y pasaron al volante de sus propias vidas.
Algunos, deberíamos haber ido más junto a su cama, a la noche, para oír su alma respirando conversaciones y confidencias entre las sábanas de la infancia; y cuando fueron adolescentes, a los cubrecamas de aquellas piezas cubiertas de calcomanías,
posters, agendas coloridas y discos ensordecedores.
Pero crecieron sin que agotáramos con ellos todo nuestro afecto.
Al principio nos acompañaban al campo, a la playa, a piscinas y reuniones de conocidos;
Navidad y Pascuas compartidas.
Y había peleas en el auto por la ventana, los pedidos de chicles y la música de moda.
Después llegó el tiempo en que viajar con los padres se transformó en esfuerzo y sufrimiento:
no podían dejar a sus amigos y a sus primeros amores.
Y quedamos los padres exiliados de los hijos,
teníamos la soledad que siempre habíamos deseado...
Y nos llegó el momento en que sólo miramos de lejos, algunos, en silencio, y esperamos que elijan bien en la búsqueda de la felicidad y conquisten el mundo
del modo menos complejo posible.
El secreto es esperar...
En cualquier momento nos darán nietos. El nieto es la hora del cariño ocioso y la picardía no ejercida en los propios hijos; por eso los abuelos son tan desmesurados y distribuyen tan incontrolable cariño. Los nietos son la última oportunidad de reeditar nuestro afecto.
Por eso es necesario hacer algunas cosas adicionales, antes de que nuestros hijos crezcan.
Así es: las personas sólo aprendemos a ser hijos, después de ser padres y sólo aprendemos a ser padres, después de ser abuelos...
En fin, pareciera que sólo aprendemos a vivir, después de que la vida se nos pasó...
¡Ánimo que nunca es tarde!

Para un futuro mejor.

¿Qué posibilidades tienen nuestros hijos de convertirse en hombres y mujeres de bien?


El amor que les tenemos a nuestros hijos nos lleva muchas veces a cegarnos y a olvidar lo que los hará felices a la larga.

Es muy común en estos tiempos que los padres de familia, sobre todo los de ciertos recursos económicos, les construyamos un mundo irreal, sacado de un cuento de Walt Disney, aislándolos así de la realidad.

Cuando tarde o temprano el cuento termina, nuestros hijos se enfrentan a un mundo que desconocen, que no comprenden, lleno de trampas y callejones sin salida que no saben sortear, y las consecuencias son peores a las que quisimos evitar.

Hace poco la imagen de un padre con lágrimas en los ojos conmovió profundamente al mundo entero: Pelé, el gran ídolo del fútbol de los últimos tiempos, a diferencia de otras ocasiones, dio una de las ruedas de prensa más tristes y dolorosas de su vida, su hijo, Edson de 35 años, fue arrestado junto a 50 personas más en la ciudad de Santos-Brasil, acusado de asociación delictiva con narcotraficantes y puede ser condenado a 15 años de cárcel.

Con lágrimas en los ojos, el ex futbolista brasileño admitió públicamente que su hijo resultó involucrado en una pandilla de traficantes de cocaína arrestados por la policía. Pelé dijo a los medios: "como cualquier padre, es triste ver a tu hijo metido en grupos como ése y ser arrestado, pero él tendrá que sufrir las consecuencias". Y agregó, "desafortunadamente, yo quizás estaba demasiado ocupado y no me di cuenta, es lamentable porque yo, siempre he peleado contra las drogas y no noté lo que pasaba en mi propia casa".

Pelé es un personaje mundial admirable como deportista y hombre honesto que no perdió su humildad como otras figuras del deporte, sin embargo, es triste que un hombre bueno y talentoso como él se haya "distraído" en su jugada más importante: la formación de sus hijos.

La historia de Pelé no es un hecho aislado, por desgracia es la vida de cientos de padres de familia de estas épocas atrapados en una agenda saturada de trabajo y de compromisos fuera de casa.

Papás que compensan la falta de atención a sus hijos con bienes materiales, los inscriben en las mejores escuelas, los rodean de lujos y comodidades y piensan que con eso ya cumplieron con su tarea de padres, cuando lo único que han logrado es formar niños que desconocen el hambre y tiran lo que no les gusta, hijos tiranos, pequeños monstruos insoportables y prepotentes que sufrirán y harán sufrir a sus semejantes porque desde pequeños se han salido con la suya. Muchachitos que creen que sentir frío o calor es cuestión de aire acondicionado, que el cansancio que han sentido se limita a caminar unas cuantas cuadras porque no hallaron estacionamiento frente a la discoteca, jovencitos que piensan que el trabajo de los padres es firmar cheques para que ellos tengan todo lo que se les antoja. ¿Qué posibilidades tienen nuestros hijos de convertirse en hombres y mujeres de bien si los padres les damos todo, no les ponemos límites y no les educamos la voluntad?

¿Qué hijos estamos formando si con nuestra actitud les mostramos que el dinero es lo más importante en la vida?

Confucio decía: "Educa a tus hijos con un poco de hambre y un poco de frío".

Proverbios señala: "Corrige a tus hijos".

Cuánto bien hacen los padres a los hijos cuando ponen esa máxima tan sencilla en práctica, y cuánto daño les hacen al ponerles todo en bandeja de plata.

Hay muchas realidades que como padres quisiéramos hacer desaparecer: el sufrimiento de los hijos, el exceso de sudor, de esfuerzo, y las carencias económicas, sin embargo, quizás esas realidades no los hagan felices de momento, pero a la larga puedan forjarlos como hombres y mujeres de bien. Ojalá que más padres de familia tengan la inquietud de enterarse por dónde andan sus hijos . Que no les vaya a pasar que cuando tengan tiempo deban decir:

"Estaba demasiado ocupado y no me di cuenta". "Encárgate hoy de lo posible, que Dios se encargará por ti de lo imposible"

El amor de los hijos no se compra.

...lo que así se logra es que los hijos se conviertan en personas irreverentes e irresponsables...


Una de las peores secuelas de la culpabilidad que nos atormenta hoy a la mayoría de los padres es que se han revertido los términos de nuestras relaciones con los hijos.

Hasta donde recuerdo, los esfuerzos de mis papás estaban encaminados a lograr que los respetáramos, obedeciéramos sus órdenes, tuviéramos buenos modales y fuéramos estudiantes consagrados. Es decir, su función no era complacernos sino educarnos. Agradarlos era asunto nuestro, no suyo.

Mientras que hasta hace solo un par de generaciones los niños hacían lo posible por complacer a sus padres, hoy nosotros hacemos hasta lo imposible por complacer a los hijos. Parece que los sentimientos de culpa nos hacen creer que, como siempre hay algo en que nos hemos equivocado, no somos merecedores del amor de nuestros hijos y por lo tanto tenemos que ganárnoslo.

Lo más grave de este fenómeno es que desde el momento en que son los hijos quienes nos otorgan su amor y nosotros quienes tenemos que merecérnoslo, son ellos quienes tienen el poder en la familia. Es por eso que hoy los niños son los que mandan y los padres los que obedecemos, una situación sin precedentes en las generaciones anteriores.

Esta nueva posición de inferioridad paterna da lugar a ciertas actitudes inconcebibles de los padres hoy, como por ejemplo, el creciente interés por ser los mejores amigos de los hijos. Lo peor es que el esfuerzo por ganar su amistad nos lleva a actuar como aliados de nuestros hijos, por lo que estamos prestos a defenderlos ante la autoridad, ante el colegio, ante los profesores, es decir, ante todo el que se atreva a contrariarlos.

Esto significa que, no sólo no les ponemos límites sino que nos oponemos a que otros lo hagan. Y lo que así se logra es que los hijos se conviertan en personas irreverentes e irresponsables, que van por la vida exigiendo derechos que no tienen y privilegios que no se merecen, pero siempre sabiendo que sus papás los sacarán de cualquier problema.

El amor de los hijos no se compra, y menos aún a base de convertirnos en sus pares. El precio a pagar no puede ser colocarlos en el lugar que nos corresponde como padres porque los dejamos huérfanos. Lo que nos hará merecedores de su afecto y admiración será la dedicación con que estemos al mando de sus vidas hasta que tengan la madurez para hacerlo por sí mismos.

Esto significa que nuestra función no es subyugar a los hijos como en el pasado, pero tampoco rendirnos a sus pies para que nos amen, sino liderar su travesía inicial para que puedan más adelante ser capitanes idóneos de sus propias vidas.

Ideas para tener presentes

El niño que convive con el ridículo

aprende a ser tímido

El niño que convive con la crítica

aprende a condenar

El niño que convive con el recelo

aprende a ser falso

El niño que convive con el antagonismo

aprende a ser hostil.

El niño que convive con el afecto

aprende a amar

El niño que convive con el estímulo

aprende a confiar

El niño que convive con la veracidad

aprende a ser justo

El niño que convive con el elogio

aprende a estimar.

El niño que convive con quienes comparten

aprende a ser considerado

El niño que convive con el saber

aprende a ser sabio

El niño que convive con la paciencia

aprende a ser tolerante

El niño que convive con la felicidad

encontrará amor y belleza.


Por Ronald Russell

¡Enséñales!

Siempre es bueno que los más chiquitos crezcan en la fe y la esperanza, pues de ellos será el reino que les heredemos, la tierra y sus cosas, también el cielo que nos está prometido. El amor y la bondad, la belleza y la verdad encontrarán siempre en ellos un terreno fértil para desarrollar a los seres humanos del futuro.
Poner en sus mentes una ilusión es empezar a mejorar el mundo. Volver a creer es una buena misión para todos los que desean vivir en un hogar mejor.
Enséñales a los niños a creer en los ideales, y que aquellas cosas que no se ven también son realidades.
Decidles que el amor no se ve, pero se puede sentir, que la música tiene una explicación pero que las melodías salen del corazón.
Enséñales a tener esperanzas, pues todos los días sale el sol. Y no le digas que sale porque existe una ley de gravedad o que el sistema solar se mantiene por una perfecta estabilidad de las fuerzas centrifugas y centrípetas
Enséñales que el sol sale porque Dios trae la luz por esa estrella resplandeciente. Enséñales el respeto por las cosas simples y por la naturaleza.
Enséñales a rezar, a cerrar los ojitos y que se imaginen a su ángel guardián que los protege y los guía. Enséñales todos los días a trabajar en un pequeño proyecto, diferente siempre.
Estimula su creatividad con sus juguetes y con otros juguetes que ellos mismos puedan crear.
Enséñales a sonreír y siempre acarícialos, sean quienes fueran esos niños, porque no sabes en que pueden convertirse mañana, tal vez sean ellos quienes te den su mano amiga o te nieguen el saludo cuando menos lo esperes.
Tal vez sean tu medico, tu amigo, tu asaltante, o tu juez. Enséñales que la vida es aprender a ser feliz y que la vida nos dará muchas alegrías, pero nosotros debemos darle también un sabor a la vida.
Enséñales que debemos darle un poco de alegría a todas las cosas y que todo lo que llegue a nuestras manos o a nuestra vida, siempre debemos dejarlo mejor de lo que estaba cuando lo encontramos.
Enséñales que todo aquello que tome contacto con nosotros debe siempre mejorar. Enséñales el valor del respeto, de la fe, de la confianza, enséñales a ser inteligentes y que no desdeñen sus sentimientos,
enséñales a amar y que en todo momento sepan que tienen el derecho de vivir y ser cada uno lo que en su vida quiera ser.
Enséñales que cuando sean grandes deben querer y respetar a los futuros niños.

¿Pobres?

Una vez el padre de una familia muy rica llevó a su hijo a pasear por el campo con el firme propósito de que su hijo viera cuan pobres eran esos campesinos.
Pasaron un día y una noche completos en la destartalada casita de una familia muy humilde.
Al concluir el viaje y de regreso a la casa en su flamante automóvil, el padre le preguntó a su hijo:
¿Qué te ha parecido el viaje?
- ¡Muy bonito, papi!
-¿Viste que tan pobre puede ser la gente? -Insistió el papá.
-Sí, respondió el niño.
-¿Y... qué aprendiste, hijo? inquirió el padre nuevamente.
-Vi, -dijo el pequeño - Que nosotros tenemos un perro en casa, ellos tienen cuatro.
Nosotros tenemos una piscina que llega hasta la mitad del jardín, ellos tienen un arroyo que no tiene fin.
Nosotros tenemos unas lámparas importadas en el patio, ellos tienen las estrellas.
El patio de nosotros llega hasta la pared junto a la calle, ellos tienen todo un horizonte de patio.
Al terminar el relato, el padre se quedó mudo...... Y su hijo agregó:
-Gracias, papi, por enseñarme lo pobres que somos.